viernes, 25 de septiembre de 2015

Las mujeres Sombras y sus cariñosos hombres: amables maridos y afectuosos padres


Este verano viajé, una vez más a la ciudad de Londres. En las dos semanas que pasé allí, no dejé de cruzarme ni un solo día con un elevado número de mujeres sombra. En diferentes barrios, solas, cuidando de sus hijos e hijas, acompañadas por otras mujeres, y, en muchas ocasiones, por sus amables, cariñosos, sonrientes, esposos.

La delgadez de su sombra, o el rostro su esposo, evidenciaba en muchos casos la extrema juventud de muchas de ellas.  Algunas, muchas, pensé, serían probablemente las hijas de otras mujeres sombra que vi años atrás. Generaciones de mujeres sombra. Mujeres sombra que crecieron con una madre sombra y se supieron destinadas a ser mujer sombra, tan pronto como perteneciesen a un esposo.

Mujeres sombra, con gafas, teléfonos de última generación, bolsas de grandes almacenes, eligiendo productos de belleza en los puestos de Petticoat Lane, o saliendo de lujosas tiendas de Bond o Sloane Street. Porque hay mujeres sombra jóvenes y viejas, gordas y delgadas, ricas y pobres. Pero todas ellas caminan por las calles ocultas tras la sombra, por el hecho de ser mujeres.

No he visto mujeres sombra en ningún puesto de trabajo. ¿Las mujeres sombra no trabajan? ¿Las mujeres sombra retiran el pequeño velo que oculta su rostro durante las horas de trabajo? ¿Sería una ofensa imperdonable que una mujer sombra tuviese un empleo, cuando precisamente el ser sombra implica la pertenencia total a un hombre, y es la expresión de desempeñar en exclusiva la rigurosa, exigente, profesión de esposa y madre?
¿Qué estrategias emplean las mujeres sombra para sobrevivir, para transgredir desde la sombra, para empoderarse desde la sombra?

Qué cariñosos, amables, serviciales, parecen ser sus encantadores esposos. Se muestran como padres amorosos, cuidando de sus hijos e hijas en público, sonriendo… y si ya no creyéramos en cuentos de hadas, pensaríamos que ambos, la mujer sombra y el hombre amoroso, se aman, son felices y han elegido libremente sus papeles. Exactamente igual que las parejas felices de las películas estadounidenses de los años cincuenta o las españolas de la misma época.

¿Cuántas preguntas se plantean?  ¿Cuántas cuestiones surgen ante las mujeres sombra y sus jóvenes maridos amorosos?  ¿Quizás son amorosos porque ellas, habiendo aceptado el ser mujeres sombra, son ya la imagen misma de la sumisión? ¿Hasta dónde tiene que llegar la sumisión, la entrega, la aceptación de la norma patriarcal, para que una mujer merezca ser considerada, cuidada, y amada afectuosamente por su esposo?  ¿Qué se nos ha exigido y se nos exige a las mujeres descubiertas? ¿Estamos tan lejos de las mujeres sombra?
Me gustaría hablar con alguna de esas mujeres sombra. ¿Cómo se sienten? ¿Cuáles son sus deseos, sus miedos, sus esperanzas? ¿Cómo es su vida de pareja, de familia? ¿Cuáles sus estrategias de transgresión? Porque estoy segura de que las tienen, aunque sean invisibles como sus rostros.

Probablemente, para algunas, (las muy jóvenes, las que pasean junto a esos hombres jóvenes, padres cariñosos y preocupados, risueños, que parecen satisfechos de mostrarse con ellas en público), ser invisibles lleve unido el orgullo de decir al mundo que un hombre las ama, que le pertenecen, que son ya mujeres deseables, tan deseables, que su esposo no puede permitir que ningún otro hombre vea su rostro en el ámbito público. Quizás se sientan especiales, únicas, muy por encima de esas mujeres de otras etnias y otras culturas, que muestran su rostro sin tener un hombre que realmente les imponga su marca de pertenencia.

Sé que tenemos mucho en común con esas mujeres sombra. Que tras el velo, se encontrarían muchas vivencias, emociones, sentimientos, afectos, incluso detalles de la vida cotidiana en que podríamos encontrarnos…

Hace años me producía rabia, pena… el ver a las mujeres sombra, vivo ejemplo de la dominación patriarcal, la suya y la nuestra. Ahora, me interrogan, me interrogan profundamente, se convierten cuando las cruzo por la calle en signos de interrogación sobre este mundo tan complejo, sobre toda la carga de fanatismo calculadamente manipulada por los grandes poderes, cuyos rostros también procuran ser invisibles. Me interrogan sobre ellas, sobre sus sentimientos, la humillación profunda que supone tener que ocultar el rostro, aunque se acepte en nombre de la religión, la familia, la cultura… pero me interrogan también sobre mi misma, sobre nosotras, sobre los otros velos invisibles, que una y otra vez tratan de atraparnos cual telas de araña.

La simplicidad de sus amantes esposos, de esos jóvenes padres a quien no se les ocurre avergonzarse de exigir a sus esposas llevar el rostro cubierto (sin su exigencia, o al menos “beneplácito”, no lo llevarían); esa simplicidad me recuerda también enormemente a “nuestros” hombres siempre inocentes de sus micromachismos, aún cuando dejan de serlo y se convierten en brutales actos de violencia.


Y caminan por las calles, como si no se enterasen, como si no supiesen…, ellas que son prisioneras, ellos que arrastran a una esclava. Igual que aquí, igual que aquí, aunque nos vistamos de colores y enseñemos el rostro, eso sí, a veces suficientemente maquillado para disimular las huellas de los golpes. 

Pilar Iglesias Aparicio

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