martes, 8 de marzo de 2016

1º Premio certamen literario del Centro de la Mujer de Benalmádena

Nuestra compañera Pilar Iglesias Aparicio ha ido galardonada hoy por su relato:

 "EL MUNDO QUE NO FUE"

En el XVII Edición del CERTAMEN LITERARIO del Centro de la Mujer del Benalmádena.

!Enhorabuena compañera!

Compartimos el texo íntegro:

¡Qué afortunado me siento de haber nacido a comienzos del siglo XXII, cuando, al fin, hombres y mujeres habían conseguido vivir en igualdad! 

Hoy lo dije en clase, cuando la profesora nos propuso hacer un trabajo de grupo sobre la desigualdad de género a lo largo de la historia, una mirada retrospectiva desde la actualidad. “No debemos olvidar la historia, ni sus sombras, ni sus luces… es la mejor manera de no repetir los errores y avanzar en la evolución humana respetando la memoria de quienes nos abrieron caminos de libertad.”

Y aquí estoy, dispuesto a redactar un pequeño ensayo que nos sirva de guión para el video que queremos hacer Marta, Andrés, Elena, Luis y yo, Alberto Guzmán. Voy a comenzar dejándome llevar y poniendo en palabras las imágenes que vienen a mi mente, tras este seminario sobre “Estudios de los Hombres”, en que hemos hecho un recorrido por el sistema hembrista desde la antigüedad hasta nuestros días.

Lo que más me cuesta comprender es cómo, tanto las mujeres que ejercían la dominación, como los hombres, que eran dominados, pudieron aceptar sin cuestionarlo un sistema tan perverso e inhumano durante siglos, un sistema que sólo gracias al esfuerzo y la lucha incruenta de miles y miles de hombres y algunas mujeres, durante casi trescientos años, fue cambiando muy lentamente y pudo al fin ser erradicado y dar lugar a lo que, hoy en día, todo el mundo considera normal y natural: la igualdad de todas las personas, independientemente de su sexo biológico o adquirido. 

De verdad, le decía a Julia, mi novia, hace un rato, antes de ponerme a escribir: “¿Cómo pudieron las mujeres considerarse superiores a los hombres durante siglos por el sólo hecho de ser capaces de parir? ¿Cómo pudieron disfrutar de sus privilegios sin asomo de vergüenza? ¿Cómo se atrevían a utilizarlos como objetos sexuales, traficando con sus cuerpos y sus vidas, sin sentir un ápice de piedad ante aquellos seres reducidos a la abyección más absoluta? ¿Y cómo aceptaron los hombres siglos de esclavitud, de negación de derechos, sin rebelarse violentamente? ¿Cómo fueron capaces de luchar por sus derechos de forma pacífica, sin llegar en ningún momento a tomar las armas para destruir a quienes los vejaban en la vida pública y la privada?”

Pero basta de divagaciones, debo comenzar a escribir mi ensayo, porque esta tarde tenemos la primera reunión del grupo, y para ello, voy a trasladarme mentalmente a algunos momentos de la historia, identificándome con los hombres protagonistas de los mismos. Cierro los ojos y me dejo llevar por la imaginación.

Me veo recorriendo una pequeña ciudad centroeuropea, allá a mediados del siglo XV. Hay un gran movimiento en la plaza, la multitud acude convocada una vez más por el macabro espectáculo de una quema de brujos. Un carro avanza lentamente llevando como carga un grupo de hombres, con las ropas semi desgarradas y múltiples señales en su cuerpo de las torturas padecidas en las cárceles de la Inquisición. Delante del carro, cubierta con los ropajes propios de su cargo, avanza la obispa, acompañada por dos dominicas inquisidoras, autoras del famoso Martillo de brujos, (que tan bien enseña a buscar en el cuerpo de los hombres, en las zonas más íntimas, bajo sus testículos, en el glande, y en todos los orificios de su cuerpo, las marcas de la Diablesa), y la alcaldesa de la ciudad, junto con las verdugas que encenderán la pira. Estos hombres no han asesinado, ni robado, ni cometido delito alguno. Se les acusa de brujería, en su mayoría, por ser sanadores, hombres que han heredado de sus padres y sus abuelos conocimientos sobre el uso de las plantas medicinales. Al considerar que, por su inferioridad “natural”, los hombres son incapaces de adquirir conocimientos de filosofía, medicina, alquimia, o cualquier otro… la sabiduría que poseen sólo puede haberles sido conferida por su trato carnal con la Diablesa. Se rumorea que uno de ellos, que se mantiene erguido, la cabeza alta, con tremenda dignidad pese a las torturas sufridas, curó a la obispa de sus males, entre otros una sífilis aguda, hace algunos años. Pero claro, eso no ha bastado para evitar su detención y su sentencia. En el grupo de acusados, van dos hombres ancianos. Se les acusa de tratos diabólicos por el simple hecho de vivir solos, no bajo la tutela de alguna mujer, madre, esposa, hermana o hija. Y para añadir mayores razones para su brutal condena, se les acusa asimismo de practicar magia negra las noches de luna llena y poseer gatos embrujados. Lo que se oculta, pero todo el mundo rumorea, es que la Iglesia de la Diosa Madre, se ha apoderado ya de todos sus bienes, cediendo eso sí, una pequeña parte a la vecina que los delató. Busco la mirada clara del joven sanador y pienso que ha corrido peor suerte que Jacobo Felicio, que, doscientos años antes, pese a ser denunciado por la Universidad de París, logró sobrevivir y seguir practicando la medicina, eso sí, sin permitírsele recibir remuneración alguna. 

Se desdibuja en mi mente la imagen del joven sanador, transformándose en otra en que se mezclan la de un numeroso grupo de hombres sufragistas solicitando el derecho al voto ante el Parlamento de Londres, con la de los primeros hombres que intentaron acceder a las escuelas de medicina en el siglo XIX, y que, al recibir negativa tras negativa, tuvieron que crear escuelas sólo para hombres, lo que aún nos recuerda una bella placa sobre un edificio del barrio londinense de Bloomsbury.

¡Qué absolutamente absurdo resulta todo ahora! ¡Qué difícil imaginar siquiera que afamadas doctoras, psiquiatras, andrólogas… repitieron hasta la saciedad que si un adolescente iniciaba estudios reservados únicamente a las mujeres, se volvería impotente y podría sufrir graves trastornos mentales! ¡Hasta dónde puede llegar la estupidez humana!

Vuela mi mente ahora a otro tiempo y lugar. Me encuentro en mi ciudad, Málaga la bella, a finales de enero de 1937. Soy un muchacho joven que escucha aterrorizado, junto a su madre y sus hermanos, el mensaje brutal que emite por la radio la generala Gabriela Queipo de Llano, permitiéndose justificar las agresiones sexuales (violaciones anales en grupo, castraciones, etc.) que una y otra vez repitieron las mujeres contra los hombres en todos los conflictos armados durante siglos) que sus legionarias fascistas amenazaban cometer sobre los hombres “comunistas y anarquistas” por ser estos defensores del amor en libertad. Poco a poco, mi imaginación me lleva a verme transformado en uno de aquellos jóvenes presos en la cárcel de hombres de Málaga, condenados a muerte sin culpa ni juicio, sobre los que realizó sus experimentos la afamada psiquiatra fascista Juana Antonia Vallejo Nájera y su equipo de doctoras. Según sus estudios “científicos”, la doctora Vallejo Nájera se permitía afirmar, sin sonrojo, como lo habían hecho anteriormente filósofas, mujeres de la iglesia, revolucionarias ilustradas y científicas, que los hombres, por su naturaleza tenían rasgos físicos y psíquicos de extraordinaria inferioridad en relación a las mujeres. Los hombres sólo podían transformarse en los seres sumisos y apacibles que el estado fascista preconizaba si se sometían a los frenos impuestos por las mujeres. Y por supuesto, los hombres que luchaban contra el fascismo y la falta de libertad eran seres especialmente malvados, degenerados, llenos de ferocidad y tendencias criminales, que debían de ser tratados médicamente o directamente eliminados mediante la pena de muerte, arrebatándoles a sus hijos e hijas, que los acompañaban en la cárcel, para darlos en adopción a familias fascistas, tratando así de evitar el desarrollo de lo que denominaba el “gen marxista”. Mi imagen en el patio de aquella cárcel infecta, junto a varios hombres rapados, tras haber sido sometidos a un paseíllo abyecto por las calles malagueñas, se desvanece lentamente…
Salto de nuevo en el tiempo y en el espacio. Escondido entre los arbustos, veo cómo un grupo de padres lleva a sus hijos, niños como yo entre cinco y ocho años, hacia una especie de cabaña en las afueras del poblado. Tiemblo, porque sé lo que va a sucederles, como sucedió a millones de niños en muchos lugares del mundo hasta casi finales del siglo XXI.  Van a ser sometidos a la ceremonia de mutilación genital masculina. Primero los tumbarán sobre un colchón de hojas, atarán sus piernas y sus brazos y procederán a practicar profundos cortes en su glande, cortes que cubrirán después con barro e hierbas mientras los niños, aquellos que no se desmayan por el dolor, gritan desesperadamente. En algunos casos, dependiendo de pueblos y lugares, también procederán a extirparles un testículo, o, en algunos casos, incluso, a castrarlos totalmente.

La imagen es demasiado potente. Aunque sé que semejante barbaridad ya es historia, no puedo dejar de sentir, casi físicamente, el terror que tal práctica tenía que producir en aquellos muchachos. Respiro profundamente y aparece en mi imaginación una ciudad de un lejano país asiático, en el que, durante largas décadas, los hombres hubieron de ir cubiertos totalmente con una especie de mantos de color azulado, que dificultaban terriblemente su movilidad. Seres sin rostro, que apenas veían el mundo a través de la tela de rejilla que cubría sus ojos, seres fantasma, totalmente sometidos al dominio de las mujeres, mientras las dirigentes de los países llamados democráticos y civilizados, mantenían tratos comerciales (armas incluidas) con sus gobernantas, sin cuestionar la barbarie que ejercían con sus hombres.

Siento la presión del burka sobre mi piel, la dificultad para respirar bajo la tela que cubre mi rostro, pero la imagen se difumina. Sin embargo, sigo sintiendo una enorme sensación de pánico. Lentamente, percibo que estoy en una pequeña habitación con una cama, cubierta con ropas de dudosa limpieza, y una lámpara que vierte sobre la estancia una débil luz rojiza. Soy un  hombre prostituido, traficado, traído desde un país lejano a este burdel de carretera. Me han quitado la documentación, me amenazan cada día con matar a mi familia si trato de escapar, y me mantienen drogado con sustancias que provocan una erección cada vez que alguna clienta lo exige. Pronto me trasladarán a otro burdel. Porque si no lo hacen, la publicidad de “chicos nuevos 24 horas” dejará de ser realidad y disminuirá la clientela de mujeres ávidas de novedad, excelentes profesionales, respetadas ciudadanas, que no se preguntan a sí mismas cómo pueden disfrutar sexualmente con la vejación y el dolor de los hombres prostituidos. Probablemente no viviré mucho. No me importa, deseo morir.

Las emociones son demasiado intensas. De hecho estoy llorando y tengo los puños apretados. Creo que ya es suficiente. Respiro profundo varias veces y me dispongo a regresar de mi viaje al pasado. Lentamente, muy lentamente, abro los ojos. 

Siento una profunda alegría, un inmenso agradecimiento a los hombres, y, poco a poco, cada vez más mujeres que, durante más de trescientos años, lucharon pacíficamente por transformar ese brutal sistema hembrista, tan lejano del mundo en que me ha tocado vivir. Hay que contar sus historias y rendirles homenaje, pero eso será el tema de un siguiente trabajo.

Como me había conectado al imagewriter antes de cerrar los ojos, las imágenes que aparecían en mi mente han quedado grabadas, convertidas también en palabras y recogidas en un archivo del microcomputador.  

Ya tenemos el guión para nuestro trabajo. Esta tarde continuaremos. Ahora saldré un rato a correr en el parque, necesito aire fresco, contacto con la naturaleza, para que el dolor que la memoria del daño infligido a los hombres me ha producido, se disuelva.
…….

Alberto Guzmán no puede firmar este relato porque las personas que lo habéis leído sabéis bien que la historia no se escribió así, que mi nombre no es Alberto, sino Isabel, María, Estrella, o Carmen, o Manuela, o Vanessa… y que en esta segunda década del siglo XXI, la barbarie patriarcal está aún lejos de ser sólo historia del pasado."

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